martes, 24 de julio de 2012
Matadero.
Recuerdo un sueño que tuve. El sueño más real y físico que
nadie podrá tener jamás, excepto yo.
Todavía tengo la esperanza de despertar algún día.
Aparecí en un gran despacho con paredes de ladrillo descubierto
e iluminado por la luz de un flexo y una solitaria bombilla en el
techo. No había ventanas por las cuales ver el exterior.
Una mesa de madera repleta de papeles amarillentos y
desordenados. Un sillón de terciopelo rojo, polvoriento y
ligeramente aceitoso. Una levísima neblina, casi imperceptible,
inundaba el lugar.
Estanterías con libros viejos, muchos de ellos tirados en el suelo
abiertos por la mitad.
Yo estaba allí, en mitad de aquella habitación, delante de la
mesa. Todo estaba en silencio. Un silencio espeso, abrumador,
agobiante, incómodo. Tuve la impresión de que el lugar fue
abandonado por algún motivo que no alcanzaba a comprender.
Abandonado y dejado a merced de fuerzas extrañas y
despiadadas provenientes de algún rincón del cosmos, infierno o
la propia tierra, nunca antes conocidos, ni siquiera en las más
tenebrosas leyendas o mitos.
Me acerqué a la puerta y giré el pomo, redondo y lleno de una
gruesa capa de óxido. Fuera del despacho encontré un corredor
inmenso y muy amplio, iluminado por una tenue luz cuya fuente
de procedencia no conseguía encontrar. Otros pasillos lo
atravesaban cada pocos metros, dando una sensación
laberíntica que no acababa de gustarme. Más bien me aterraba
el no saber que encontraría tras las innumerables esquinas, pero
prefería no pensar en ni siquiera avanzar unos cuantos pasos.
Mis ideas dieron un vuelco cuando agudizando la vista pude
distinguir un gran portón de madera al fondo del corredor.
Nunca tuve un instinto de supervivencia desarrollado como otras
personas, pero en aquella situación algo me decía que el lugar
no era seguro. No se trataba solo de un edificio abandonado y
maltrecho, silencioso y muerto. Algo me decía que entre
aquellos muros de ladrillo se escondía alguien.
No, aquello no era sólo una ruina sucia y triste. Aquello era un
hogar.
Olía a humedad y orina. A carnaza y entrañas. El hedor de un
animal recién abierto en canal con todas las vísceras aún
calientes.
Caminé y me alejé del umbral de la puerta del despacho, pues a
mi pesar debía abandonar la sensación de seguridad que me
brindaba aquella habitación y llegar al portón de madera para
salir.
No me creeríais si os jurara y perjurara que me pareció ver
brotar finísimos hilillos de sangre de entre los ladrillos que
conformaban los infinitos, y lúgubres muros que se extendían
ante mí. Intenté ignorar este hecho, pues mi cordura peligraba y
lo último que quería era perder los nervios y la sangre fría.
Al fondo de unos de los numerosos pasillos que cruzaban el
corredor que me disponía a atravesar, vi unas extrañas formas
en la penumbra. Digo en la penumbra por que dichos pasillos
solo estaban iluminados hasta cierta distancia; unos diez metros
calculé. El resto se iba sumiendo poco a poco en tinieblas, y
entre aquella oscuridad me pareció ver varios cuerpos colgando
del techo. Decapitados quizá y abiertos de arriba abajo con los
brazos extendidos hasta el suelo, brillantes por la sangre
chorreante que cubría aquellas carnes sin vida.
No conseguía ver nada en claro debido a la penumbra reinante,
pero creo que tampoco necesitaba saber a ciencia cierta lo que
allí se ocultaba.
Aceleré el paso ligeramente, pues sabía que si me echaba a
correr enloquecería. Mis pisabas eran lo único audible desde
hacía un rato y su sonido parecía extenderse entre todos los
recovecos y rincones de aquel edificio, retumbando levemente.
Cada vez que pasaba junto a un pasillo no podía evitar desviar
la mirada hacia su interior, descubriendo más y más cuerpos
despiezados, muertos, manufacturados por un carnicero
desquiciado.
En el último pasillo, el más cercano al portón, vi. Algo que me
dejó helado. Algo que hizo que me arrepintiera mucho más de
estar en ese lugar.
De nuevo, oculto entre sombras, una silueta inmóvil me
observaba. No conseguí distinguir las facciones de aquella
robusta persona encorvada y ataviada con un delantal o mandil
mugriento. Empuñaba un machete, o eso me quiso parecer.
De lo que no me cabía la menor duda era que fuese quien fuese,
no estaba muerto, y de hecho, podría asegurar que fue él el
carnicero loco del que antes hablaba. Un matarife surgido de
aquel mundo de pesadilla onírico, pero tan real a la vez.
Nos quedamos mirándonos un momento hasta que el carnicero
dio un par de pasos hacia atrás y se perdió en la negrura del
pasillo. Acto seguido empecé a escuchar un metálico sonido de
cadenas o ganchos, no sabría decir, procedentes de aquella
boca del lobo.
Me apresuré a abrir el enorme cerrojo del portón y empujar
aquellas maderas reforzadas con barras de hierro desgastado.
Entonces me topé con el exterior, una visión tan o más
aterradora que la que encontré tras los muros de aquella especie
de factoría que acababa de abandonar.
Ante mí, un enorme páramo desértico con tierras de un color
cobrizo, salpicado de matorrales muertos y secos.
Corría un silbante viento que formaba veloces fantasmas de
polvo, y estos pasaban delante de mí. Tenía que cubrirme los
ojos para que no me entrase arena.
El horizonte no dejaba ver montaña o colina alguna. Todo era
una inmensa llanura sin vida, desolada y árida.
Un cielo rojo, manchado con nubarrones negros que cambiaban
de forma rápidamente, como si reptaran de un lado a otro me
hizo comprender que aquel lugar no era mi mundo. ¿Cómo
había llegado hasta allí? No lo sé. No puedo saberlo, pero de lo
que si estaba seguro era que no tenía a dónde ir. De que aquel
lugar pertenecía a otro plano existencial, dimensional o Dios
sabe qué.
Llorando desesperanzado, caí de rodillas y comencé a oír unas
voces en mi cabeza, fruto de la locura quizás. Tampoco tenía
una respuesta para aquel perturbador suceso. Algunas de esas
voces y lamentos me eran familiares.
Escuché a una mujer llorar y gritar. Mi mujer. Podía reconocerla
claramente. Mi amor...
-¡Cariño! ¡Despierta... por favor, despierta! -balbuceaba entre
llantos desgarradores.
Otra voz, desconocida para mí, la interrumpió:
-Lo siento, señora… no hemos podido hacer nada para salvar su
vida –dijo.
FIN
Escrito por Narciso Piñero.
Aquí el enlace de su blog:
http://motivosparalevantarse.blogspot.com.es/
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